Los mercaderes vendieron todas sus
existencias
y, lejos de poner el cartel de cerrado
por falta de género, se dedicaron a
vender
el futuro en forma de niña de ojos
azules,
anoréxica, pintada y vestida como una
mujer;
en forma de muchacho con el torso
desnudo:
primero con barba descuidada de tres
días,
vestido con una falda transparente
y los ojos corridos de rímel;
luego con la faz claramente imberbe,
maquillada con polvos blancos
y los caninos asomando por entre
las comisuras de los labios
entristecidos;
hasta que, yendo aún más lejos
en su depravación, se dedicaron a vender
el futuro en la forma de un afeminado
que muestra sujetadores
para que los compren las muchachas
hombrunas
de pelo rapado, herrajes en la lengua,
los pezones y la vulva, y hablar
obsceno.
Lo extraño de todo esto
es que nadie mostró ningún reparo.
Todos rieron las gracias de los
mercaderes
que vendían humo envuelto en papel de
celofán.
Animados por la coyuntura,
los mercaderes ahora nos están vendiendo
nuestro propio pasado.
A pesar de
que es nuestro,
que lo recordamos bien o mal,
que nos identifica ante nuestras almas
y las almas de aquellos con quien
compartimos
nuestra propia vida;
a pesar de que nos pertenece tanto
como nos pertenecen los ojos asustados
con que miramos al mundo, se lo
compramos
sin regatear,
sin quejidos de angustia,
sin molestarnos en absoluto
la traición que se adentra en nuestras
vidas
como se adentra un hierro candente
en nuestra carne anestesiada
al final del intestino grueso.
No soy vaticinador, pero yo no daría
una mierda por los futuribles de la
humanidad.
(La burbuja inmobiliaria es pura
bagatela al lado
de esta burbuja de vapores mefíticos a
punto de estallar).
¿Quién me los compra, que los vendo
baratos?