Ya ve usted, don Nicanor, cómo le
pintan:
tocando un tambor de gracietas
que no parecen tener repercusión alguna;
porque nadie oyó hablar de usted
en estos pagos: ni al contado ni
aplazado,
ni fiado ni porfiado. Claro que por
aquí,
hasta los 80 del 20 no se pudo hablar ni
oír
ni ver ni sentir. Éramos muertos
acompañando a muertos y así seguimos.
Bueno, ahora nos cobran por eso
y por decir que estamos tiesos.
Se creen que andamos todo el día
pasándola de cojones con la derecha,
con la izquierda y con la pendularia;
practicando el noble arte de la poesía,
que ya es lo único que nos queda
a algunos: a otros aún les salva
la novela histórica y los jóvenes
que le dan dentelladas al mundo,
creyéndose vampiros, magos,
o fulanos mediopensionistas.
Pero son de mentira, porque ya
ni para un peta les da a los pobres.
Pero bueno, a lo que vamos:
que a usted, don Nicanor, se le ocurrió
un día decir que la poesía es el arte
de sacarle el jugo a un idioma;
y ya ve usted
que las palabras están secas,
que los morfemas andan a la greña
con los políticos del turno omnipresente,
que los adverbios de lugar están
avergonzados
del mal uso que se les da
en cualquier parte donde se propina una
patada;
porque das una patada y aparece un
cretino
diciendo delante mía, o detrás tuyo,
como si quisieran tocar el sexo a los pobres adverbios.
Además, en la letra jota del abecedario
-(jota de ¡no me jodas, joder!, por
supuesto)-
algunas conjunciones copulativas,
en vez de juntarse como dios manda o
desmanda
se han reunido en asamblea popular
para pedir a la Real Academia
que pase a cuchillo a los dequeístas;
y al esclarecido don Arturo
Pérez-Reverte
que dedique su artículo semanal a los dantes
y tomantes
de las lenguas cooficiales,
que babean el español como quien acaba
de recibir una dosis de electrochoque.
Así pues, tal como está el patio,
me permito hacer un pequeño aggiornamento,
don Nicanor, a su idea de la poesía
y estoy en posición de afirmar que
lo que ahora se entiende por poesía
no es más que el arte de masturbar
a un idioma con las necedades de otro:
el placer se lo quedan los tontos de la
autonomía
a la que corresponda el pariente político;
y el escozor de huevos es para los que
sufrimos
en silencio tamañas insensateces.
De aquellos lodos de la Transición
vienen estos polvos descerebrados.
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