Me
levanto con cara de trueno,
de
lo que se deduce que estoy tronado. (*)
Me levanto con cara de lagartija,
de lo que se deduce que soy lagarterano,
o, cuando menos, un reptil saurio
pequeño, ligero y espantadizo.
Me levanto con cara de cabreo,
de lo que se deduce que soy un cabrón
al que nadie aguanta su malhumor.
Me levanto con cara de vino,
de lo que se deduce que alguien
convirtió mis aguas -menores,
por supuesto- para joderme no más, pues
todo el mundo
se queja de que tengo cara de borracho
de callejón.
Me levanto con cara de contrito,
de lo que se deduce que estoy contratado
en una empresa pobre,
o soy funcionario de la Junta de
Castilla y León,
a punto de pegarme un tiro con el lápiz
recién afilado,
que me llevaré a mi casa, junto con la
grapadora,
cuando me despidan.
Me levanto con cara de pescado,
de lo que se deduce que ya me echaron el
anzuelo
y me dejaron boqueando y sin agallas
(aunque parezca lo contrario).
Me levanto con cara de Rajoy,
de lo que se deduce que estoy en el
baño, me cago en todo
en sentido real y figurado, me miro al
espejo y me prometo
a mí mismo que, conmigo al mando, todo
irá de perlas.
De las mismas, convenzo al del espejo para
que me vote,
diciéndole alguna que otra mentira.
Después de esto, me vuelvo a la cama:
a mí nadie me echa en cara cómo es mi ídem,
que bastante tengo con ir de vez en
cuando a la morgue
para reconocerla y que me la devuelvan.
(*) Los versos los tomo
prestados de Nicanor Parra, Premio Cervantes, a quien descubro tarde, como siempre me pasa con
las cosas que merecen la pena.
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