La Izquierda y la Derecha,
unidas sirven para iniciar una oración,
o para que ponga los grilletes el tirano
de turno,
ayudado por el lameculos arribista de
turno.
Puede que también sirvan para suicidarse
en el mar, en el río, en la bañera,
en un vaso de agua del Carmen, haciendo
un plongeon
que abra las aguas -¡oh, milagro
inveterado!- para que pase el cuerpo
elegido
a conciencia por el sufrimiento mental,
la tristeza testicular y la desesperanza.
La Izquierda y la Derecha unidas
-mamporreros agradecidos que de los ayes
del pueblo hacen su excusa vital- sostienen
el falo de los plutócratas aquejados
de priapismo monetarista: su sangre
corrompida y estrangulada entre la
sínfisis
del pubis y el bálano banal y rijoso
servirá para ungirnos a base de
hisopazos
sin remilgos de los mercados bursátiles:
a los que alcance la pestilencia se les
pedirá
que, vueltos de espaldas, se inclinen
45 grados de vellón, abran sus posaderas
y se dispongan a gozar del crítico momento
de ajuste presupuestario como vírgenes
marchitas,
mancebos caducifolios, coristas de medio
pelo.
Muchos ya están dispuestos. Unamos
nuestras manos
(la derecha y la otra derecha) y
cantemos alabanzas.
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